El I Ching recomienda que, llegados al primer tercio de nuestro camino hacia el desarrollo personal, empecemos a compartir el fruto de nuestras prácticas con otras personas. El propósito no es sólo el beneficiar a otros, sino también ensanchar nuestro enfoque más allá de nosotros mismos y desarrollar una visión más amplia de lo que estamos haciendo.

Al transmitir a otros las prácticas que hemos estado realizando, nos fuerza a aclarar lo que es esencial de lo que no lo es. Las preguntas planteadas por los participantes nos hacen volver a examinar en detalle algunas cuestiones y situaciones con las que quizás no nos habíamos enfrentado antes.

Los practicantes que nunca desarrollan este nivel permanecen en una especie de aislamiento que potencialmente los hace vulnerables e inseguros. Una práctica exclusivamente centrado en uno mismo no es una práctica profunda ni estable, ni con muchas posibilidades de desarrollar la segunda caldera de la mente altruista. El enseñar también es una oportunidad para poner a la prueba donde estamos con nuestro ego. Si el instructor se infla con sentido de superioridad, en las palabras del I Ching, “todo está perdido”. El enseñar e investigar la motivación del porqué lo hacemos, es una de las maneras más directas de desvelar dónde verdaderamente estamos con nuestro ego.

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