Las técnicas energéticas, las yogas, entre las que se encuentran las del Tao, potencian nuestras emociones, nuestra energía, y los mantras nos ayudan a guiar las prácticas hacia un nivel elevado, nos posibilitan re-estructurar la conciencia creando instantáneamente un espacio determinado, un silencio en nuestro diálogo interno.”

Entrevista a Juan Li Por Pere Muñoz Avellaneda

Confieso que cuando Juan me propuso grabar y transcribir unas entrevistas sobre diversos temas que pudiesen interesar a la gente que suele asistir a sus cursos o que se siente atraída por estas cosas me había cogido desprevenido. Durante unos instantes me quedé en blanco y no supe qué decir. Miré a mi alrededor. Seguí masticando. Una tenue luz invitaba al recogimiento. El ojo de Shiva seguía observándonos desde una pared. Me vino a la cabeza la sílaba OM. Entre plato y plato de un tranquilo restaurante hindú en el centro de Barcelona habíamos estado hablando de todo un poco. Después de interrogarle sobre mil y una cosas durante los descansos de varios de sus cursos a los que había asistido y de ofrecerme para ayudarle de alguna manera a trasmitir sus conocimientos, estaba allí, comiendo con él, dispuesto a colaborar en lo que me propusiera. Al oír sus palabras pensé que sería una suerte poder intercambiar impresiones de manera regular con alguien de su experiencia, por lo que, después de la vacilación inicial, no dudé en aceptar la oferta.

Mi curiosidad infinita y mis ansias de conocimiento me habían llevado (y lo siguen haciendo) de un lado para otro desde hace ya más de una década en busca de libros, revistas, programas, conferencias, cursos y lugares relacionados con ciertas temáticas y prácticas que una inmensa minoría consideramos de suficiente importancia para no sólo estudiarlas con la profundidad y el detenimiento que se merecen, sino para intentar integrarlas en el día a día. Supongo que con el transcurso de los años y si la búsqueda es sincera, uno empieza a desarrollar ciertas sensibilidades, aprende a separar el trigo de la paja y acaba recurriendo a aquellos personajes que considera realmente válidos, auténticos, en el sentido de que la diferencia entre lo que dicen y lo que hacen es nula.

Acabamos quedado a finales de junio para hacer la primera entrevista, cuyo tema era aún una incógnita, pues me había dejado la libertad de pensar varias posibilidades a tratar. Conociéndome y sabiendo de mi tendencia a lo que llamo «diarrea mental creativa», me iba a resultar difícil por qué tema empezar. Cuando nos vimos en la cafetería de la FNAC de Plaza Catalunya a eso de la una y media, Juan me estaba esperando junto a su esposa Renu. Qué sorpresa. Dos por el precio de uno. Me la presentó, farfullé algunas palabras en mi olvidado alemán (siempre quedaba el inglés) y nos fuimos a comer a un pequeño restaurante a cincuenta metros de las Ramblas con buen menú y mejor precio. Entre bocado y bocado, y bajo la atenta mirada de una Renu que parecía comprender todo y que de vez en cuando intervenía con su castellano de emergencia o su más que correcto inglés, Juan y yo empezamos a charlar sobre lo que se nos pasaba por la cabeza, yendo del libro tal o cual al tema X o Y. Yo le comenté de pasada que había conseguido en Internet un curso de mantras de un sacerdote hindú americano, Thomas Ashley-Farrand, que me parecía muy completo pues daba mucha información interesante y proporcionaba abundantes ejemplos aplicables a diferentes cosas. Cómo no, él conocía al tipo y también tenía el curso en cuestión. Estuvimos hablando sobre el tema durante un rato y supongo que al ver mi interés, Juan decidió que la primera charla fuese precisamente acerca de eso. De acuerdo. Acabamos de comer, agradeciendo la invitación de Renu, y deambulamos durante unos minutos por unas Ramblas atestadas de turistas ávidos del clima de nuestras latitudes y de las más estrambóticas fotos de los mil y un mimos que flanquean el paseo durante casi todo el año. Nos despedimos de ella, que tenía que marcharse, y nos pusimos a buscar algún lugar lo suficientemente tranquilo como para charlar un rato y poder grabar lo que decíamos. Después de buscar por aquí y allá, acabamos en una pequeña plaza junto a la Catedral y empezamos a grabar lo que sigue. Aunque ya había asistido al curso de mantras que imparte Juan (de ahí mi creciente interés en el tema), una de las cosas que me había extrañado era por qué incluir una práctica de la tradición hinduista y budista en el sistema del Tao. También me había preguntado varias veces qué sentido tenía pronunciar unas frases determinadas en una lengua que me era extraña y lejana, si no sabía lo que significaban sus palabras, y quizá la resonancia que pudiesen tener en mi inconsciente no era la misma que en alguien de Bombay o Lhasa, por ejemplo.

¿Por qué vale la pena practicar con mantras ahora, en nuestro tiempo?


Las técnicas energéticas, las yogas, entre las que se encuentran las del Tao, potencian nuestras emociones, nuestra energía, y los mantras nos ayudan a guiar las prácticas hacia un nivel elevado, nos posibilitan re-estructurar la conciencia creando instantáneamente un espacio determinado, un silencio en nuestro diálogo interno. Trabajan con sonido y luz, dos elementos clave de la creación, y forman parte del conjunto de prácticas vibratorias que trabajan, por ejemplo, con la energía de las plantas, esencias florales y aceites esenciales y con la imposición de manos.

¿Qué sentido tiene practicar en la actualidad algo tan atávico como los mantras?

Precisamente, las prácticas vibratorias, de acuerdo con la tradición de la India, que es la que ha mantenido memoria de milenios, son ideales para este período de la humanidad. En la antigüedad se observó que la Tierra atraviesa cuatro fases diferentes de conciencia del ciclo de precesión, de unos seis mil años cada uno, en los que el eje terrestre va apuntando a diferentes regiones del espacio y el planeta va experimentando diversos estados de conciencia, con un despertar y un adormecimiento progresivos.

En la primera fase, la llamada época dorada, los seres humanos realizaban el trabajo espiritual, para desarrollarse, superarse, a través de la meditación. Era la práctica más fácil, más espontánea y existía apoyo por todas partes. Al acabar este ciclo, el ser humano perdió el interés en la meditación y se sintió atraído por otra serie de prácticas en las que el dar y el recibir se convirtió en el puente para conectar las dimensiones. Se realizaban sacrificios de personas y animales, ofrendas de flores, alimentos y objetos valiosos dedicados a los dioses, con el fin de activar una reacción proporcional a la ofrenda.

El tercer período se caracterizó por la construcción de templos, iglesias y catedrales y la realización de ceremonias y rituales, a través de intermediarios o sacerdotes, como medio para contactar con lo divino. Por último, en el cuarto ciclo, la época actual, en la que todo el mundo está distraído, vive deprisa, y se siente enfermo de una manera u otra, lo que más atrae al ser humano y lo que le resulta más sencillo son las prácticas vibratorias, ya que pueden hacerse en poco tiempo y en cualquier lugar. Las condiciones para la práctica trascendente son pésimas, no hay tiempo ni dinero, y los efectos de este tipo de prácticas pueden sentirse de manera casi inmediata. El auge que se observa en los últimos treinta años en torno al tema de los mantras (la palabra ha entrado ya en la lengua) tiene que ver con esa fase en la que estamos. Son prácticas que nos resultan naturales y fáciles, y nos atraen.

¿En qué consisten?

Son prácticas de sonido, pero con sonidos raíces de la naturaleza. Por ejemplo, la energía de la alegría tiene una vibración. Si pudiésemos descubrir cuál es el sonido de la vibración de la alegría, contactaríamos con esa energía. En este caso se trata del mantra RHIM. Porque que lo que representan los mantras son los sonidos de las diferentes funciones de la naturaleza. Por tanto, existirían tantos mantras como funciones. Sin embargo, lo que los antiguos hicieron fue desarrollar los más esenciales.

Si esto es así, y aunque la mayoría de los mantras provienen del sánscrito, ¿es posible que en una remota antigüedad hubiese más lenguas con ese poder? Me imagino, por ejemplo, a partir de los vestigios que nos han legado las diferentes culturas ancestrales, a un sacerdote egipcio o maya pronunciando unas sílabas secretas para lograr un efecto determinado, o a un druida o un chamán realizando cierto tipo de invocación…


Se dice que en los períodos anteriores, los humanos, antes del Diluvio, utilizaban lenguas mántricas. Se especula que durante el período del gran Diluvio (hace unos 12.000 años), hubo más de tres mil años de cambios geológicos (grandes terremotos, inundaciones constantes), clima muy variable y grandes migraciones humanas. Se estima que fue cuando el eje terrestre cambió de ángulo y se inclinó se generaron las estaciones y cambió la conciencia. Con esa dispersión humana que hubo en el Diluvio se mezclaron lenguas, desaparecieron y se perdieron una gran parte de las lenguas de aquel entonces. Sin embargo, muchas lenguas del hemisferio norte siguen compartiendo raíces comunes de sonidos y otras palabras que no están relacionadas unas con otras. De hecho, desde las lenguas celtas hasta la China y toda la India hay raíces de sonidos que son exactamente iguales.

¿Quieres decir que entonces todas las lenguas antediluvianas formaban parte de una sola lengua universal, algo parecido a los que los lingüistas llaman el indoeuropeo?

Así es. Seguramente, en algún período antediluviano hubo un tiempo en que los sonidos raíces, mántricos, formaban parte o bien de una lengua sagrada, ritual, o de la lengua habitual. Actualmente cada idioma contiene restos de lo podría haber sido aquella lengua común.

Eso me recuerda al genial Jodorowsky explicando que para detener el diálogo interno podemos coger cualquier palabra que queramos y repetirla incesantemente hasta lograr parar el torrente de pensamientos que nos invade la mente. Imagínate: Coca-Cola, Coca-Cola, Coca-Cola, Coca-Cola … ¿Qué tendría eso de mantra? Por otra parte, me viene a la cabeza que muchas de las plegarias y cantos de las diferentes religiones podrían también tener algo de mántrico, como el Kyrie Eleison del cristianismo ortodoxo…

El ejemplo de la Coca-Cola está bien, pero sólo sirve para distraer la atención y acallar, aunque sea por unos instantes, el diálogo interno. En el caso de los cantos religiosos hay que aclarar que bajo la palabra «mantra» a veces se incluyen salmos y oraciones en la lengua común, habitual de cada cultura, pero esto es diferente, porque es un lenguaje ordinario que no está activando las funciones de la naturaleza. Se dice que de las lenguas que quedan actualmente, tan sólo son mántricas el sánscrito y el hebreo antiguo, y quién sabe si el chino y el egipcio antiguos, aunque también queda mucha investigación por hacer en todo el hemisferio sur.

El poder del sonido como fuerza divina y creativa… OM como sonido impulsor de la formación del universo… Qué magia. Siempre recuerdo al respecto unas palabras que una vez oí a decir al extraordinario André Malby: Mago es aquel que dice «silla» y se sienta sobre lo que acaba de decir.

Y en la Biblia se reza «En el principio era el Verbo» y en los Vedas «Nada Brahma», o sea, «el mundo es sonido». Que así sea.

 

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