“El suicidio es un tema muy relevante en nuestros días, porque en las noticias vemos con frecuencia a jóvenes inmolándose para provocar atentados y en las grandes ciudades multitud de personas desesperadas deciden acabar con sus vidas.El conocimiento de qué sucede al realizar ese acto es prácticamente nulo y en Occidente incluso se cree que con el suicidio uno se escapa del dolor y el sufrimiento. Sin embargo, en las diferentes tradiciones orientales el tema de la muerte se ha estudiado mucho. Según el sintoísmo, por ejemplo, un ser humano cuando nace, vendría destinado a vivir un cierto número de años, y si el individuo se suicida y corta así su vida, el tiempo que le faltaría por vivir lo pasaría en un estado intermedio, un limbo, confuso e incómodo.”

Entrevista a Juan Li por Pere Muñoz Avellaneda

Habíamos acordado llamarnos a principios de julio para volver a quedar y charlar de algún otro tema interesante. Al descolgar el auricular y escuchar la pronta respuesta de una Renu extrañamente exaltada me quedé un tanto sorprendido. Pocos segundos después la voz de Juan me aclaraba las dudas. Acababan de recibir noticias de que una buena amiga americana al parecer se había quitado la vida pegándose un tiro en la cabeza con el arma de su compañero, y estaban viviendo momentos de incertidumbre por las constantes llamadas que llevaban haciendo y recibiendo durante horas y las informaciones que les iban llegando. No supe qué decir. Creo que farfullé un «vaya» o un «lo siento». Juan propuso que dejásemos pasar unos días y que el próximo tema a tratar fuera precisamente ése: el suicidio.

Por supuesto. Ante algo así había que hacerse la idea. Por otra parte, era un tema interesante… y extraño. Al colgar el teléfono me vinieron a la mente toda una serie de imágenes: un familiar que en diversas ocasiones nos había amenazado con tirarse por el balcón y que en una ocasión estuvo a punto de conseguirlo… una amiga a la que sus padres habían llevado a urgencias en diversas ocasiones por haberse cortado las venas… las incontables tentativas de envenenamiento de una mujer cuya familia acaba internándola cada cierto tiempo en una unidad psiquiátrica… un adolescente que consiguió ahorcarse en el garaje de su casa después de un desengaño amoroso… o alguien que se tiró a la vía del metro, causando el lógico estupor de todos los que allí estábamos…

El mal sabor de boca de todos aquellos recuerdos me hizo reflexionar sobre algo ciertamente siniestro pero a tener en cuenta. Más que nada por lo disimulado que suele estar en nuestra sociedad de grandes titulares, pese a lo frecuente que es, porque todos podemos saber de alguien que ha intentado (y quizá logrado) dejar este mundo antes de hora, fruto de un período de vacío existencial. Por no hablar de las incomprensibles y fugaces ideas suicidas o autodestructivas que a más de uno se nos han pasado por la cabeza en algún momento de nuestras vidas.

Pero noté una especie de contradicción. Pensé en toda una corriente de comportamientos que a lo largo de la historia exaltaba el suicidio no sólo como un acto valeroso (en el caso de los guerreros que se sacrificaban voluntariamente, los terroristas integristas o los pilotos kamikaze), sino también estético (como los artistas y escritores que en diferentes épocas se suicidaban por comulgar con una apología de la decadencia que consideraba la muerte provocada una culminación, un triunfo de la voluntad del individuo frente a un mundo incomprensible y hostil), o incluso algo necesario para cierto credo o ideal (los diferentes grupos sectarios que se inmolan en grupo, renunciando a todo lo mundano y ansiando llegar a cierto empíreo ultraterreno lo antes posible).

Entonces, ¿el suicidio era el acto más execrable que puede cometer un individuo o el más loable de los méritos? Algo me decía que había cierto aire de acto forzado en todo aquello, pero esperé a que Juan arrojase luz al respecto. A principios de julio, y después de una frugal comida en el restaurante de costumbre, nos dirigimos a una tranquila plaza en el centro de Barcelona, le trasladé todas las preguntas que se me ocurrieron y acabó conformándose lo que se transcribe a continuación.

Juan, así en general, ¿cómo ves el tema del suicidio en la nuestra sociedad? ¿Es realmente una vía de escape a una situación vital extrema? ¿Crees que sirve de algo? Lo digo porque hay tantos casos célebres en la historia de Occidente que a uno le da que pensar… ¿En Oriente qué consideración tiene?

El suicidio es un tema muy relevante en nuestros días, porque en las noticias vemos con frecuencia a jóvenes inmolándose para provocar atentados y en las grandes ciudades multitud de personas desesperadas deciden acabar con sus vidas. El conocimiento de qué sucede al realizar ese acto es prácticamente nulo y en Occidente incluso se cree que con el suicidio uno se escapa del dolor y el sufrimiento. Sin embargo, en las diferentes tradiciones orientales el tema de la muerte se ha estudiado mucho. Según el sintoísmo, por ejemplo, un ser humano cuando nace, vendría destinado a vivir un cierto número de años, y si el individuo se suicida y corta así su vida, el tiempo que le faltaría por vivir lo pasaría en un estado intermedio, un limbo, confuso e incómodo. Siendo esto así, cualquier ceremonia que pudiera realizarse para intentar ayudar al suicidado no surtiría efecto hasta que esos años que la persona estaba predestinada a vivir se cumpliesen.

Según esta tradición, la idea del suicidio como vía de escape al dolor no terminaría nada, sino más bien al contrario, pues colocaría a la persona en una situación más incómoda, en un estado entre la vida y la muerte, en el que no hay cambios, no hay progreso, no hay manera de salir ni de saber qué hacer. Por consiguiente, la persona que considera suicidarse por razones de sufrimiento no escapa de nada; lo único que va a hacer es prolongar un estado que tal vez duraría menos si siguiese vivo y buscase maneras de resolver las cosas.

Eso me recuerda a la película Los Otros, en la que dos niños y su madre están en ese estado intermedio, ese limbo, sin saber siquiera que están muertos como consecuencia, por cierto, de una Nicole Kidman que se había pegado un tiro después de asfixiar a sus hijos para que los nazis no les pudiesen atrapar… Entonces el suicidio no sólo sería un acto de la mayor ignorancia sino una autocondena incluso peor que la situación de la que se quería escapar.

El suicidio en general, se haga como se haga, implica además que la persona reniega una cierta responsabilidad. En las prácticas taoístas se afirma que el individuo, antes de nacer, elige cómo va hacerlo, dónde y qué es lo que va a lograr en esta vida. Nace con un propósito, en una toma de responsabilidad a través de un acuerdo con el Cielo, la Consciencia Universal. El individuo establece un pacto en el que la Naturaleza se compromete a crear ciertas condiciones que propicien la meta que el individuo se fija, y éste se compromete a su vez a encaminarse hacia ella, a encontrar la profesión o el entorno donde va a desarrollar su propósito original, que siempre tiene que ver con elevar conciencia como meta ulterior. Ésta es la responsabilidad con la que nace el ser humano, su parte del trato, que hay que cumplir. Cuando la persona reniega y se suicida, está rompiendo el acuerdo con el Cielo. En el sistema taoísta, romper el trato con el Cielo es crear las condiciones del sufrimiento, y si estamos vivos se manifiesta con diferentes grados de enfermedad, desde la angustia y el sufrimiento mental hasta algo más físico. Ese acuerdo con el Cielo está instalado en el centro del corazón, no en el órgano físico, sino en el punto energético del corazón.

Es decir, que todos venimos a este mundo con un cometido que debemos cumplir de una manera u otra, ya que es parte de ese «contrato sagrado» que establecemos antes de nacer. Pero, ¿cómo sabemos que estamos siguiendo el camino correcto? ¿Hay señales de algún tipo? Porque en ocasiones el individuo puede no saber que está incumpliendo ese trato del que hablas, simplemente va dando tumbos por la vida hasta que más tarde o más temprano, supongo que según su nivel de consciencia, acaba cumpliendo lo preestablecido…

En el momento en el que el individuo se desvía severamente e insiste en seguir una vía equivocada, errónea, que no le interesa, desoyendo las señales que el Cielo le proporciona, por ejemplo, en forma de ciertos tipos de sueños que pretenden volver a encaminarle, comienzan a manifestarse esos síntomas para que cambie: pequeñas crisis, pesadillas, robos, que gradualmente se van volviendo más intensos y acaban concretándose en una enfermedad fatal, en la cual al individuo no hay manera de desviarlo con lo que ha hecho hasta ese momento y se decide reciclarlo.

O sea, que hay casos perdidos… Estaba pensando en las consecuencias que puede tener eso en la línea familiar. Tanto si acabas así o consigues matarte como si acumulas una serie de intentos de suicidio o episodios de autodestrucción manifiesta, ¿condiciona eso la predisposición hacia el tema en las generaciones posteriores?

Como nacemos en una estructura familiar establecida por generaciones, con todo lo que hacemos en la vida introducimos precedentes nuevos o repetimos precedentes antiguos, anteriores, de la línea ancestral. A veces el individuo nace en una familia con algún caso de suicidio, y llegará a un momento en su vida en el que sentirá deseos de suicidarse; entonces tendrá la oportunidad de tomar una nueva decisión. Si no lo hace, como dice el I Ching, «habrá que esperar diez mil años». Es decir, el ciclo se repetirá de nuevo. Es muy importante que la persona que está interesada en progresar, en su bienestar, investigue si en su familia hay precedentes de suicidio, con diferentes manifestaciones: desde querer acabar con una inyección o envenenarse hasta tirarse por la ventana o cortarse las venas. Es decir, terminar la vida intencionalmente. Esto quiere decir que en la estructura familiar hay cierta huella que tiene que ser sanada y que es muy posible que se manifieste o en nosotros o en nuestros hijos o en cualquiera de las generaciones posteriores, pues ese acto sigue latente en los genes.

Es curioso. Ahora entiendo por qué en ciertos momentos de mi vida, y sin razón aparente, tuve repentinos y repetidos pensamientos suicidas, de diversa intensidad, ya fuese conduciendo, frente a una ventana o con un cuchillo en la mano. Por suerte fueron ideas pasajeras y no les presté más atención que para extrañarme de ellas. ¿Podrían deberse a algún caso de suicidio consumando en mi familia? Que yo sepa, no conozco ninguno, aunque si se considera la degradación voluntaria en cualquiera de sus múltiples manifestaciones…

Hay personas que no saben por qué les viene la idea de suicidarse, y quizá si investigan en su estructura familiar puede que estén afrontando una nueva decisión que la persona es capaz de superar, y que la predisposición a ese acto esté presente. Porque el suicidio no es sólo tomarse una píldora o volarse la cabeza, sino que puede llevarse a cabo de manera más lenta, como volverse alcohólico, tomar drogas, sabiendo que después de un tiempo va a ser letal. A veces la tendencia está disimulada; no es suicidio manifiesto sino autodestrucción, progresiva, a corto plazo o repentina, como comer mal intencionadamente o buscar relaciones que sólo proporcionan dolor. La autodestrucción es una negación del amor, de la autoestima, y está desconectada del corazón, que es donde está el guía interno, donde reside nuestro acuerdo con el Cielo.

De acuerdo. Pero una vez logramos identificar algún caso en la familia, ¿qué podemos hacer al respecto?

Hay que ser consciente de que esa opción que se tomó una vez o varias y de que hay una debilidad hacia esa decisión. La persona tiene que ser autoconsciente. Lo más recomendable es que en cuanto la persona se dé cuenta de que tal debilidad está en la línea genética, haga como una meditación aparte, tranquila, que puede llevar varios días, en la cual decida realmente que quiere estar aquí, que quiere vivir. Que se haga preguntas, que examine esto por días. Si llega a la conclusión de que sí quiere vivir, que se pregunte qué quiere hacer, porque cuanto más clara está la meta, y especialmente si es algo que beneficia también a otros, tiene más fuerza, y se va creando un contrapeso para la tendencia autodestructiva. La idea de examinar si uno quiere estar aquí y qué quiere hacer que no solamente sea de beneficio personal sino para otros introduce el punto altruista. Porque con el suicidio la persona se encierra en el estado más egoísta. El contrapeso es el punto de vista altruista y hacer algo en esa dirección. Ésa sería la sugerencia para alguien que sabe que la tendencia al suicidio está en su línea familiar.

Eso en el caso de que uno sea lo suficientemente consciente como para reaccionar y procurar hacer algo no sólo para uno mismo sino para su familia. Pero me pregunto cómo podemos ayudar a aquellas personas a las que no hay manera de hacer entender que están siguiendo un proceso que les llevará a una tonta muerte, sea mediante el alcohol, las drogas o lo que sea… Conozco un caso bastante próximo y me gustaría hacer algo por él.

En casos severos de autodestrucción la persona se va encerrando cada vez más en sí misma, se va volviendo más egoísta y, como la conciencia es luz, una función del elemento fuego (por eso se relaciona con el Cielo, porque es de donde proviene la luz), esa conciencia se va haciendo más estrecha y hay menos claridad, menos luminosidad. Llega un punto que hay tal grado de oscuridad que la única manera en que realmente se puede lograr un cambio radical es con la ayuda de alguien, y ese alguien a veces no puede conseguir nada hablando o sugiriendo, porque para captar ese tipo de información, ese consejo, hace falta cierto tipo de claridad que ya no existe en el individuo suicida o autodestructivo.

Lo adecuado, si se es practicante, es proporcionar luz a esa conciencia haciendo una práctica aparte, atrayendo la luz al canal central e irradiándola por el aura repitiendo el proceso con el amigo o conocido, haciéndosela disponible. Si no se conocen las prácticas, lo adecuado es que cada vez que uno piense en esa persona lo visualice rodeado en una gran aura de luz, con cariño, porque precisamente falta esa energía del amor. Porque lo que hacemos con la intención, lejos de ser una fantasía, está trabajando a nivel sutil y hacia la conciencia del individuo que queremos ayudar. Como todos tenemos ese acuerdo con el Cielo en ese punto de luz a la altura del corazón, le estamos hablando a su guía interno, no a su conciencia. Es una manera muy simple de echar una mano sin tener que decir ni una sola palabra, porque éstas no llegan a ningún sitio, pues no hay luz para que las capte la conciencia ni después para hacer lo que se proponga. Esta práctica también puede aplicarse a cualquier persona de la calle que creamos perdida, que requiera luz, y debemos hacerlo con cariño y energía de corazón, que es de lo que carece.

¿Y si ya hemos llegado tarde? Si el familiar o el amigo ha logrado suicidarse, ¿podemos hacer algo por él? Como has dicho antes lo del limbo y lo del período de espera, no sé si sirve de mucho rezar por él o enviarle algún tipo de energía…

Si es alguien que uno conoce y ya se ha suicidado, lo importante es que cuando uno piense en esa persona lo haga con esa luz alrededor y amor, con cariño. Si sabemos algo de las prácticas, podemos enviarle claridad a esa persona haciéndosela disponible y animarle que siga hacia la luz cuando le sea posible. Porque no sabemos realmente si hay que esperar en el limbo o no, pero sí sabemos que si uno hace algo disponible, está disponible. Y la persona a la que queremos ayudar puede tener una opción que puede utilizar.

Resumiendo, el suicidio no es una solución, sino un gesto altamente egoísta, destructivo, que continúa con el sufrimiento y lo intensifica. Había leído por ahí que los tibetanos dicen que cuando alguien muere y ya no está en el plano físico la conciencia es unas diez veces más intensa. Por lo tanto, nos podemos hacer una idea del tema planteándonos que si en esta vida la persona ya está desesperada y sufriendo, en el estado de muerte por suicidio lo multiplica todo por diez.

Qué diferentes se ven así el harakiri del valiente samurái, la sobredosis del magnifico poeta o tiro en la cabeza del famoso cantante… y los casos de tantos y tantos anónimos que decidieron acabar sus vidas atraídos por un nosequé que les daba la sensación de un alivio que no tuvieron en sus maltratadas vidas.

Olvidemos aquel «Adiós, mundo cruel» tan socorrido y demos paso a un «Hola, universo de infinitas posibilidades». Vale la pena probarlo, ¿no?

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